Paradójicamente, no es fácil que el fenómeno de la comunicación, como condición de todos los fenómenos, se concrete en la actualidad. Si bien, antes el libre intercambio de perspectivas era una condición generadora del mundo; la decadencia casi total de ideales, de valores, de nociones religadoras de lo social, ha traído como consecuencia, un enviciamiento del sentido por el cual se interrelacionan los seres humanos. No existe proceso alguno de las sociedades contemporáneas que no esté colmado de incertidumbre o determinado en su manifestación por equívocos y trabas. Y así, existir en nuestros días tiene más que ver con persistir, y vivir con sobrevivir.
De tal suerte que, cualquier tentativa por manejarse con, o fomentar la transparencia en los asuntos que regulan las instituciones, es una tarea que tiene una relevancia que rebasa lo meramente circunstancial: afecta positivamente, incluso a nivel ontológico. Porque si bien solo en la palabra compartida el ser se acrisola, el hecho de poder transmitir mensajes claros, de generar comunicaciones diáfanas, de no alterar cualquier tipo de acuerdo si no es menester, beneficia en mucho, e incluso promueve, una experiencia de mundo más plena y pura.
No existe ámbito de la actividad humana que se encuentre ajeno a esta situación. Por ejemplo, la publicidad on line, comparada con la que tiene lugar en otros medios de comunicación, se desarrolla con una posibilidad de transparencia más factible. La televisión, la radio o la prensa en papel, están demasiado determinados por la injerencia del sistema y su necesidad de perpetuación. Los negocios publicitarios efectuados en ellos, tienen que seguir determinadas reglas e imposiciones, consecuencia de las feroces luchas de intereses, que se generan en su trasfondo.
En la red no sucede tal: el territorio aún es noble, y fructífero, si se le explora y aprovecha con la asesoría necesaria. La transparencia es una clave para conducirse en el mundo actual: debemos acudir con quien la transmita y genere, no solo para tener éxito en cualquier empresa que se pretenda, sino también para depurar, en a medida de lo posible, la manera en la que se va entreverando paulatinamente el tejido de lo social, esto es, la auténtica base de toda moral.
Eugenio Trías, como Foucault, nos recordó la sabiduría que se atesora en las sombras de la cultura.
Walter Benjamin, el inolvidable pensador alemán, consideraba que los seres humanos se comunican en el lenguaje y no por el lenguaje. El hondo sentido de esta perspectiva podemos visualizarla si la relacionamos con el fenómeno de traducir una lengua extranjera. En un estupendo ensayo, también de la autoría de Benjamin, titulado “La tarea del traductor”, el filósofo sostiene que el original de una obra, la poesía pura, es incomunicable, y por lo tanto, toda traducción, entendida en su sentido tradicional de comunicar un mismo sentido, carece de toda utilidad.
Aunque generalmente el
Arte es aquello que nos permite reinventar el mundo en cada nueva creación. Sin embargo, gracias a Montaigne, estudiar es igual de importante: es la vía para inaugurar la existencia en cada tópico abordado, sin renunciar, como sucede en la inspiración artística, a la responsabilidad de la conciencia propia.
Se ha acrecentado considerablemente el interés por los temas económicos, luego de
Odiseo nunca regreso a Ítaca. Por lo menos no a la misma de la que partió. Sin embargo, supo hacer de cada escala una nueva morada. En cambio Penélope, sin salir jamás de su isla llegó más lejos, y estuvo presente en sitios innumerables: escenarios varios para un mismo reencuentro, construidos de pura añoranza.
Sicilia vacía se baña con la luz del alba. Luca Brasi besa la mano de Vito Corleone: han engañado a todos sus enemigos. En la soledad, las cabras escapan. (The Godfather, 1974)
El alimento del alma
Definitivamente, nos encontramos inmersos en un periodo de cambios sorpresivos y radicales. La realidad no se vive más como en otros tiempos. Precisamente, las nociones de realidad y de temporalidad parecen haber intercambiado su sentido, y lo real, que antes era considerado como un garante de ser, una confirmación del existir, hoy en día, de acuerdo a la virtualidad que define a las sociedades contemporáneas, no es más que un aditamento: lo real es un accesorio prescindible, una herramienta, un elemento pragmático, cual si fuese el segundero de un reloj que nadie consulta ya. De la misma manera, la temporalidad vivenciada se ha convertido en la cotidianidad más experimentable. No importa tanto qué es lo que hagamos en nuestro tiempo sino que es lo que hacemos con él. El tiempo ya no es el transcurrir de los eventos, experimentado en carne propia, sino el monto de productividad que podamos obtener de nuestra interacción con los fenómenos. Tiempo y realidad se han devenido uno en el otro. Se requiere una nueva mentalidad para asumir estas inéditas transformaciones, que se hacen patentes en todos los ámbitos del mundo contemporáneo.



