Siempre ha sido una de mis películas favoritas, aunque había algo que me escabamaba en ella. Sus diálogos me parecían confusos, y no entendía algunas escenas o cómo se llegaba a según qué situaciones. Pensaba que quizá contribuía el hecho de que siempre la he visto en castellano, con los problemas de traducción que genera; pero la causa de estas inconexiones es que, como en tantos casos, hay que acudir a la fuente original que en este caso es la novela de James Leo Herlihy en la que está basada el libro. Aunque los sospechaba, no fue hasta hace un par de semanas que descubrí que existía tal novela. Un ejemplar por 50 céntimos me estaba esperando en una estantería del rastro.
La película se salta muchas cosas: mientras en el filme la historia de Joe en su pueblo rural es casi testimonial, el libro gasta gran parte de sus páginas en explicar sus orígenes y su peculiar infancia y adolescencia en su pueblo. Una vez en Nueva York, también la relación entre Joe y Rizzo adquiere una nueva dimensión, con los diálogos mucho más extensos y sentidos, el contexto familiar de Rizzo puesto sobre el papel y con una profundidad psicológica difícil de detectar en las, por otra parte geniales, interpretaciones de Jon Voight y Dustin Hoffman.
Personalmente me encantan estas historias basadas en perdedores que se pusieron tan de moda en Estados Unidos en la década de los 70, con la derrota en Vietnam como lanzadera óptima para el desarrollo de toda esta corriente pesimista acerca de las opciones que ofrece la “tierra de las oportunidades”. Porque de eso trata la película de 1969; de dos perdedores condenados a encontrarse, y que cuando toda parece que va a enderezarse, termina de forma trágica.
Durante todo el libro esta idea es aún más patente, así como el retrato de una Nueva York superficial, sumida en una época de indecisión y todo tipo de pseudo culturas que no están al alcance de dos ratas de alcantarilla como Joe y Rizzo. El hecho de que Joe haga el papel de vaquero en su búsqueda de la vida fácil, acentua aún más el carácter patético de la sociedad americana de la época a ojos de Herlihy.
La figura del Cowboy como de otros iconos del americano individualista, instintivo e invencible, se recuperará el los ochenta de la mano de los nuevos vientos culturales y sociales inspirados por el reaganismo. Pero eso será otra historia.