Francisco Petrarca ilustra la estampa del estudioso humanista por antonomasia, dedicado por entero al cultivo del latín, comprendido como la vía expresiva natural para la plena manifestación de un hombre de letras, puesto que por su misma esencia de koiné antigua puede ser utilizado para desarrollar cualquier género o manera literaria, como por ejemplo, el epistolario, o la reflexión personal del “Secretum”.

Petrarca es un espíritu que se torna más profundo, conforme a su progresivo intento de perfección, mismo que lo condujo a reescribir sus obras una y otra vez, en especial aquella que él mismo consideraba como de escasa importancia, tal es, el “Cancionero” pero que, no obstante, fue este trabajo el que le ganó un lugar imperecedero en el panteón de las glorias de la cultura.
Sin embargo, la imagen de Petrarca que más perdura, en la memoria perenne de las generaciones, es la del enamorado sublime, que se dedica a venerar los sitios en donde ha contemplado a Laura, su musa, su amor ideal; Petrarca busca el sortilegio de trascendencias que su dama de pensamientos ha dejado en la Tierra, aun mucho después del final de los días de la hermosa joven.
La vivencia de la evocación de un amor no concretado, forjado de suspiros contemplativos y anhelos de reflexión, con la fuerza de otredades suficiente para colmar de alteridad el paraje del encuentro o de la aparición interna de la etérea beldad; la magia de un ideal femenino e inspirador de arte, la ofrenda de la expresividad vital del poeta, a su princesa de cristal, capaz de permitir el verlo todo, a través de la diafanidad de su pureza, son los núcleos de interés que despierta la admirable sombra del Petrarca. Esta imagen rebosante de nobleza y sabiduría poética, supera por completo la presencia del Petrarca de carne y hueso, del escritor genial que deseaba ser recordado de otra manera a como persiste en la memoria de todos los amantes de la verdadera poesía, la del alma en verso, la del verso ofrenda, en aras de luz absoluta.
Un ejemplo exquisito de esta perspectiva, en donde la grandeza artística de Petrarca impone sobre su recuerdo un aura de divina hondura, lo encontramos en la pintura de Arnold Böcklin titulada “Petrarca en la fuente de Vaucluse”. Obsérvese como Böcklin, un indagador de las oscuras simas del alma humana, concentra toda su fantasía en la sobriedad magistral de la representación del inmortal poeta, experimentando a plenitud su soledad.




