Walter Benjamin, el inolvidable pensador alemán, consideraba que los seres humanos se comunican en el lenguaje y no por el lenguaje. El hondo sentido de esta perspectiva podemos visualizarla si la relacionamos con el fenómeno de traducir una lengua extranjera. En un estupendo ensayo, también de la autoría de Benjamin, titulado “La tarea del traductor”, el filósofo sostiene que el original de una obra, la poesía pura, es incomunicable, y por lo tanto, toda traducción, entendida en su sentido tradicional de comunicar un mismo sentido, carece de toda utilidad.
En contraparte, Benjamin consideraba que traducir no lleva hacia un acto reproducción, o de corrección, de cierto contenido dado de antemano, sino que, más bien, logra hacerlo florecer de nueva cuenta. Traducir es interpretar. Y así, los mensajes comunicados en una lengua extranjera no nos devuelven el objeto referido bajo ninguna circunstancia sino que lo hacen brotar de nuevo: la realidad compartida permanece siempre como un crisol fecundo, novedoso y perenne de vivencialidad.
Benjamin pondera que, la misión primordial de quien traduce, es hallar en la lengua utilizada el talante más adecuado para que pueda acontecer un eco del original. Por lo tanto, cuando aprendemos un idioma extranjero, lo más importante no es aprender a la perfección las reglas gramaticales o el conjunto más vasto de vocablos, sino encontrar la interioridad conveniente para dejar ser un nuevo mundo, en la comprensión propia.
Un ejemplo de esta postura de pensamiento la podríamos hallar en la obra del pintor Rene Magritte. Célebre es la manera en la que Michel Foucault, el gran historiador de la cultura, supo destacar la ambigüedad profunda de Magritte. En ese mismo cauce, deseamos proponer como Margitte intenta religar el mundo más allá de toda subjetividad, como quien empieza a descubirir(se), creando una nueva manera de ver el mundo al acercarse a una lengua extranjera.
Benjamin y Magritte nos exponen que lo más valioso es poder (re)crear nuestra propia identidad, a través de estrategias novedosas y sorprendentes. Los distintos lenguajes, los dialectos, los idiomas, se concilian en un ámbito infinito de vacío, mientras forjan Todo en virtualidades iridiscentes.




