Lo admito: sí, yo veía Las Chicas Gilmore. Y sí, lo admito también, me gustaba. Por suerte, creo que no soy la única. Tal y como describía uno de los usuarios de filmaffinity, se trata de una serie que aparentemente se ajusta perfectamente a las típicas americanadas de sobremesa: familia guai que vive en un pueblo guai, con vecinos guais, donde todos son felices y comen perdices.
Pero después de un par de capítulos, te das cuenta que sus protagonistas escuchan a Björk, The Shin y a Carole King, han leído ciento veinte veces el Guardián entre el centeno y adoran el cine de los años 20 y 30. Que la serie tiene unos personajes secundarios extraordinarios, y que saben sacarle jugo hasta a la cola de la caja del supermercado. Y que así lo hacen también con su banda sonora.
Hay tres puntos a destacar por lo referente a la música: la aparición estelar de los trovadores, los ya casi míticos lalala’s y los cuidados gustos musicales de las protagonistas.
Lo primera impresión que nos llevamos al ver al trovador del pueblo es la de un tipo raro ligado siempre a una guitarra que parece no tener nunca frío. La segunda vez que lo vemos, nos damos cuenta de que es el tipo raro ligado a una guitarra con el que, en cada momento, la serie consigue traspasar la pantalla, atrayendo al espectador e involucrándolo en la vida de los personajes de la serie. Grant Lee-Phillips interpreta al imprescindible habitante de Stars Hollow que se pasea por los capítulos regalando música por sus calles. Impagable.
Aparecen entonces los lalala’s (nanana’s para algunos), la música que caracteriza propiamente a la serie: melodías compuestas e interpetadas por Sam Phillips que acompañan a los personajes allá donde vayan (o donde se queden). Y finalmente se adereza ese cóctel sonoro con todo un arsenal de referencias musicales de mano de sus protagonistas: Lorelai Gilmore admira a Metallica; Rory Gilmore, a PJ Harvey. Y de fondo, música indie de los 80 y 90. Todo un lujo.




