Hace cosa de tres meses, la casualidad me llevó a visitar el Palau de la Virreina, centro de arte contemporáneo situado en pleno centro de Barcelona. En esa ocasión, coincidí con una exposición dedicada a José Pérez Ocaña, el que fue Reina de las Ramblas.
Siempre he aborrecido a los cultumitos, esos que, por A o por B, han sido empujados a lo más alto en reconocimiento a una carrera supuestamente infravalorada y a una muerte excesivamente gore. El caso es que hay veces que, aún cumpliendo con todos los requisitos, acaban quedándose en la sombra. Y para mi, y salvando las distancias, ese es el caso de Ocaña.
A su manera, Ocaña quiso enseñar a Barcelona su particular forma de ver y de vivir el mundo. Y coincidió con una época de clara discordia, puesto llegó a la Barcelona de 1973 para dar cara y voz al colectivo gay, a la libertad de expresión y a la necesidad de la sociedad de la época de destaparse los ojos ante el mundo.
Travestido y paseándose por las Ramblas o pintando, en cualquier caso Ocaña destacaba por su forma de vivir, de expresarse ante un país todavía anclado en el pasado. Fue polémico y provocador, pero sin más intención que llamar la atención, que luchar por lo que creía haciendo lo que le gustaba y dándole un codazo a la sociedad para despertarla.
Querido y admirado por muchos, aunque quizás algo olvidado, Ocaña llegó a Barcelona para dejar huella. Y es que, tal y como mi abuela me dijo una vez, “no hacía daño a nadie, él pintaba y se disfrazaba de mujer”. Simplemente.
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A mí lo que hacía Ocaña personalmente me gustaba mucho. Por otro lado, os aconsejo una revista que se puede ver en la web para todos aquellos a los que les guste moverse por todos los eventos culturales que tiene lugar en Madrid,
http://www.looc.es
besos¡¡