Hastío en educación: el efecto Homer Simpson

Posted by Eva Rodríguez On mayo - 7 - 2012

Mi segunda mayor habilidad, después de imitar hasta la saciedad el sonido de las tumbleweed, salicor o “boladeloeste“, como prefiráis, es utilizar a los Simpson para explicar lo que yo no sé, que es casi todo. Y hoy no va a ser menos. Empecemos así por la metáfora de los lápices de colores en el cerebro.

Ésta es una radiografía de nuestra educación en la actualidad: un montón de lápices de colores que se nos proporcionan a lo largo de nuestros años escolares cuyo destino es la mera obstrucción de nuestra capacidad de cuestionar. Evidentemente, el resultado final no es siempre el mismo. “A caballo regalado no le mires el dentado”, dicen algunos, así que cogen sus lapices, se los incrustan en la cabeza rápidamente y, acto seguido, se sientan a quejarse. También los hay que los cogen por compromiso, es lo que se espera de ellos, y aunque en el fondo saben que no deberían hacerlo, los introducen finalmente, de una forma quizás más ordenada, por su nariz, autoconvenciendose con un “¿qué podía hacer, si no?”. Finalmente tenemos el tercer grupo, al que les parece una tontería eso de meterse todos los lápices por la nariz por el más que evidente hecho de que se trata de un orificio de salida, y se los esconden en el bolsillo, para quizás proporcionárselos más adelante al grupo del caballo dentado, o aumentar el ego del segundo conjunto.

Un amigo mío siempre dice que pertenezco a la generación del “no sé”. Y es cierto. Como yo, muchos suelen responder a cualquier cuestión con un “no sé” por defecto-por si acaso, incluso aún siendo capaces de seguir su negativa con una explicación precisa y completa sobre lo que se les pregunta.

Cuando era pequeña me encantaba escribir. Mi primer cuento lo escribí a los cinco años con un 286, y era algo así como que dos niños iban andando por la calle, se cruzaban y se hacían amigos. A lo largo de los años fui perfeccionándolos -no era muy difícil-, y cada dos por tres les llevaba uno a mis profesores. Normalmente los escribía en catalán, y como en mi casa nadie lo dominaba, mis padres me ayudaban con el diccionario cuando me surgían dudas. Recuerdo una vez que yo quería decir “paraulota” (palabrota), y como a mi padre no le sonaba muy bien, al final me convenció para usar “paraulada”. Tenía yo 6 años, y mi profesora les preguntó a mis padres si eran ellos los que escribían esos cuentos, otorgándoles así el cerebro de una niña de párvulos. Y todo porque escribí “paraulada” en vez de “paraulota”. Seguramente debería haberme disculpado por intentar usar el diccionario, quizás tendría que haberme dedicado a pintar estrellitas, florecitas o cualquier cosa acabada en “ita”, que es lo que debía de poner en su manual del buen profe. A mi me pasó con la ortografía, una amiga mía no podía saber leer porque todavía no le tocaba, y otro sumaba demasiado bien para su edad y no podían hacer nada.

La cuestión es que existe un molde en el que a todos nos intentan encajar, porque se ve que así es como tiene que ser. Conmigo al final lo consiguieron: aprendí a estudiar para sacar mejores notas que los demás, no a estudiar para saber, dejé de escribir y casi de leer por placer y me dediqué a lo que tenía que hacer. Y no me fue mal en ese sentido. Supongo que yo formaba parte del grupo dos de los lápices.

Y es que existen unos parámetros absurdos en nuestra educación formal. Existe esta necesidad imperiosa de hacer ver que nuestros hijos o nuestros alumnos son buenos estudiantes, cuando no somos capaces de inculcarles interés real por nada. ¿De qué sirve sacar un 10 en geografía si no pretende saber dónde están los Champs Élysées, o en historia si le da igual quién fue Von Braun o qué nos referimos con la revolución cultural china?

Porque ahora no se pretende aprender, se estudia, se hacen trabajos y se aprueban exámenes. Los niños dejan de ser niños demasiado pronto, se les aburre con montones y montones de horas de clase, para salir del colegio y seguir haciendo montones y montones de deberes. A los chavales con más dificultades, en vez de estimularlos para encontrar algo que les motive, se les junta en el grupo de los tontos, se les ponen exámenes que deberían haber superado con los ojos cerrados tres años antes y se espera a que cumplan los 16 para meterlos en un PQPI. Y a los profesores no se les permite casi flexibilidad para poder adaptarse a las necesidades de los alumnos, tendiendo que aplicar unos métodos en los que, mucho, ya no creen. Así va nuestro país.

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