Recientemente se ha presentado en la Casa de América en Madrid, una exposición de arte latinoamericano encabezada por la mexicana Teresa Margolles (1963), una de las figuras más controvertidas de la cultura contemporánea. Margolles es célebre por la profundidad trasgresora con la que aborda temas escabrosos y delicados para el habitual “buen” gusto del público: utilizando frecuentemente para ello cadáveres en descomposición, o materiales derivados directamente de ellos. En México es muy recordada una exposición celebrada en el Museo de Arte Carrillo Gil en los noventas, donde Margolles y su grupo de creativos expusieron entre otras asombrosas piezas un tiovivo elaborado con cadáveres momificados de poneys, o también, una cabeza de caballo blanco diseccionada y expuesta en un cristal transparente: bella y nívea por un lado, y por el otro con toda interioridad sanguinolenta e incluso con evidencias de descomposición. También causó mucho impacto una obra de Margolles en la que se exhibía un feto encapsulado en concreto, u otra, realmente extrema en la que la artista sinaloense esparcía en el aire los vapores resultantes de restos humanos calcinados. En la exposición que se presenta en la Casa de América, “Regreso. Arte latinoamericano y memoria”, Margolles, presenta, en una reunión admirable de varios polémicos artistas, una obra que destaca entre algunas otras, titulada “Proyecto de parque infantil”, en el que un feto de caballo se encuentra empotrado en un balancín de hierro.
Margolles pondera en las explicaciones a sus escandalosas obras un persistente afán de protesta, en contra principalmente, de la violencia y de la falsa moral que la disimula. Pero, sin embargo, es posible ir más allá de esto, e interpretar su tentativa como una profunda inquisición sobre la belleza de una cierta vitalidad que trasciende la muerte. La labor creativa de Teresa Margolles, en este sentido, estaría emparentada con la del poeta mexicano José Gorostiza, autor de uno de los poemas más importantes del siglo XX (reconocido esto último por personalidades de la talla de Ocatvio paz o de Carlos Fuentes), nos referimos a la larga composición filosófica “Muerte sin fin”, que por ejemplo, en ciertos fragmentos, versa de la siguiente manera
“Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término inminente …
…largas cintas de cintas de sorpresas
que en un constante perecer enérgico,
en un morir absorto,
arrasan sin cesar su bella fábrica
hasta que —hijo de su misma muerte,
gestado en la aridez de sus escombros—
siente que su fatiga se fatiga,
se erige a descansar de su descanso
y sueña que su sueño se repite,
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una obstinada muerte,
sueño de garza anochecido a plomo
que cambia sí de pie, mas no de sueño,
que cambia sí la imagen,
mas no la doncellez de su osadía…”
En la muerte sin fin de Gorostiza, como la de Margolles, como la del suizo H.R.Giger, o como la del mejor cineasta del splatterpunk cinematográfico underground, Jorg Buttgereit, la muerte misma, al ser des-cubierta en vida, es decir, trasgredida, violentada, rasgada, nos deja ver una dialéctica de vida: nada se pierde en el proceso, todo deviene en el fragmento, cada ser al morir, en el fondo solo cambia, se transforma: la vida no es más que un perecer constante y amnésico, que algunos buscan hacer recordar, para no olvidarlo más, ni aún en el último instante posible, para dejar de ser – quizá- el último posible.