1.- En la obra del suizo HR Giger se puede vivenciar una circunstancia de hiperrealidad que en ciertos momentos visionarios Jean Baudrillard anticipó aciaga y lucidamente. Poco a poco, las sociedades se han vuelto tan complejas, que el sujeto se ha difuminado ante el objeto, o más bien, han entrado en alternativas maneras de relacionarse con las cosas: antes el objeto era el medio por el cual el sujeto realizaba toda suerte de deseos, fantasías o anhelos; hoy es todo lo contrario, el sujeto en fuga no es más que una prolongación del artefacto mismo en la realidad. La preeminencia incontrolada de la tecnología ha logrado convertir la corporeidad en un artefacto más: el declive de todos los relatos instauradores, nos ha dejado en un ámbito vacío, en donde individuos sin fundamento se aferran desesperadamente a una suicida relacionalidad ultrafáctica con su entorno: lo natural se inmola voluntariamente en lo patente, concreto y tangible del artificio. Las creaciones de Giger, sus densos universos de seres biomecanizados, bien pueden ser los entornos que Baudrillard vaticinó, en donde el cuerpo humano paulatinamente se va tornando superfluo: la conducta cristalizada en determinadas formas de ser, sin ser, vinculada a pantallas de control y terminales de mando. En palabras del sociólogo francés “Lo real como un gran cuerpo inútil”.
2.- Al mismo tiempo, las dantescas criaturas de Giger, sus infiernos posindustriales se asemejan mucho a una representación conmocionante del regreso al ente comentado por Heidegger, con respecto a ciertos planteamientos de Nietzsche. Para Heidegger, el autor de Zaratustra nunca se ocupa del ser mismo, sino que desplaza la problemática para comprender al ser como valor, lo cual, a su juicio, no es más que una condición para el ente, en tanto que la realidad será para Nietzsche explicada desde el ente mismo. Toda metafísica, de acuerdo Heidegger, niega al ser como ente, para luego, a continuación, al seguir los derroteros de su esencia, volver a él. Y si bien Heidegger cimentó su propia reflexión como una vía para pensar al ser desde el ser mismo; parecería que Giger eligió el camino opuesto, y se atrevió a explorar ese Nietzsche vital e imperioso, pensado por Heidegger, que se aventura a retornar el valor, pero ilimitadamente- postracionalmente- al ente, como el ser mismo, en el que es posible transmutar (se) en posibilidades infinitas y fascinantes. El célebre Alien cinematográfico de Giger, terrible y bestial, podría ser más humano, todo un ultrahombre en el sentido nietzscheano, de lo que su apariencia indescriptible nos devela.
Siempre ha sido una de mis películas favoritas, aunque había algo que me escabamaba en ella. Sus diálogos me parecían confusos, y no entendía algunas escenas o cómo se llegaba a según qué situaciones. Pensaba que quizá contribuía el hecho de que siempre la he visto en castellano, con los problemas de traducción que genera; pero la causa de estas inconexiones es que, como en tantos casos, hay que acudir a la fuente original que en este caso es la novela de James Leo Herlihy en la que está basada el libro. Aunque los sospechaba, no fue hasta hace un par de semanas que descubrí que existía tal novela. Un ejemplar por 50 céntimos me estaba esperando en una estantería del rastro.
Lo que empezó siendo un documental sobre el supuesto amaño de las últimas elecciones presidenciales estadounidenses, en las que Bush derrotó a Al Gore, ha acabado siendo un total alegato Anti-Bush a partir del 11 de Septiembre y la invasión de Irak. El documental más taquillero de la historia del cine eleva al egocéntrico Michael Moore a la cima de la progresía americana. Declaradamente tendencioso-no obstante, Moore nunca ha ocultado que su objetivo es que Bush pierda las próximas elecciones-el director juega con maestría con los datos verídicos y demostrables y las conjeturas, que expresa en forma de insinuación.


