Zenón el filósofo de Elea nos da la pauta para llevar a cabo una breve meditación acerca de la importancia que entraña para el sostenimiento de la realidad, el esfuerzo físico aunado al hermenéutico.
De acuerdo a Zenón, en cierta ocasión el gran Aquiles, conocido como el caudillo de los pies ligeros, capaz de acorralar veloz mente a guerreros de la talla de Héctor de Troya, decidió enfrentar en un improvisado certamen a una tortuga. Pero, en una actitud magnánima, Aquiles decide otorgarle al reptil una breve ventaja. Luego de que la tortuga se ha adelantado un breve trecho, el rey de los aqueos parte en rauda carrera, son el fin de rebasarla sin mucho esfuerzo. Sin embargo, para su sorpresa, no consigue alcanzar a la tortuga. Aquiles intenta esta acción una y otra vez, pero pronto descubre con pasmo que cada vez que intenta acortar la distancia que lo separa del animal, la tortuga lo adelanta sin importar su parsimoniosa marcha. Así, al final, Aquiles no logra ganar la competencia, y cae derrotado ante la tortuga.
¿Qué es lo que trató de comunicarnos Zenón, con esta célebre paradoja? Dejando de lado su evidente y profunda preocupación por el problema de la imposibilidad del movimiento; nosotros queremos destacar el modo en el que la vivencia física de las personas, supera en relevancia, a la sola experiencia intelectiva del carácter hermenéutico de la realidad.
Si todo lo que nos rodea, el mundo que experimentamos cotidianamente, es solo un tejido de interpretaciones y un entramado especular de sentidos comunicantes, entonces en la medida en la que podamos cultivar y extender con ahínco la experiencia propia del ser, por medio del ejercicio y la práctica de actividades deportivas tan naturales y sencillas, como por ejemplo la carrera, obtendremos una ganancia de perspectivas que al ser comunicadas producirán una realidad más grande e interesante para todos. Aquiles y su derrota podrían hablarnos acerca de que, superar la escisión del existente con el ser, implica un esfuerzo físico tanto como reflexivo, y que la experiencia filosófica más plena debe incluir una preocupación por la corporeidad de los seres humanos, en especial de la propia, ya que tal vez, la subjetividad del enunciante del mundo, puede tener su última justificación en una manera de dar cuenta de la vivencia física del yo.
De tal suerte que vale la pena recordar continuamente la moraleja de Aquiles y la tortuga: correr un maratón puede ser toda una fuente de conocimiento metafísico: hay que esforzarse, literalmente, en hacerse dignos del ser.
La cantante islandesa Björk, una de las artistas más libres e independientes desde hace más de dos décadas, manifiesta en el fondo de su propuesta musical un eclecticismo suicida que la transforma en una creativa impredecible y nunca conforme.
Más que una muestra de manierismo libre y jubiloso, la Grotta Grande de Bernardo Buontalenti, que se localiza en los Jardines de Boboli, en Florencia; en lugar de cumplir su cometido de obra trasgresora, como en su momento seguramente lo consiguió, con el paso del tiempo y la carga de lecturas que va suscitando, nos retorna una sabiduría primordial, en donde el espacio cavernoso y profundo, denso y fértil nos conduce de nuevo a la vivencia del vientre materno, en donde todo era en potencia, la materia misma de nuestro ser.
Viajar al lugar en donde las cosas y los sonidos que las aluden aún no están vinculadas. Retirar del mundo el velo de la necesidad y de la lógica, de la materialidad y de un sujeto implicante de ella. Trasladarse al centro vacío de toda obra artística, desde donde el sentido toma su crisol y las manifestaciones que puede adoptar en su interpretación, se manifiestan potenciales y libres de todo cauce.
Gabriel Marcel, el escritor y filósofo francés, parte de una distinción precisa para ingresar en los profundos ámbitos de su reflexión. De acuerdo a este autor, hay una diferencia capital entre problema y misterio. El primero es una interrogante que se presenta delante de un sujeto, desde una perspectiva meramente fáctica, y por lo consiguiente tiene la posibilidad de ser resuelta sin que el sujeto tenga que ver en ello. Los humanos, ante ciertos acontecimientos, no son más que impotentes contempladores, y solo pueden atestiguar el modo en el que los eventos se ven alterados por influencias ajenas. Incluso, es posible que el verdadero cometido de la vida sea solamente prestar atención del fenecimiento del mundo, y no, hacer lo posible por demorar el indefectible paso de la muerte sin final.
El atractivo de la transgresión siempre se ha hecho patente en todas las creaciones culturales de la humanidad. El contraste entre figuras como la del semidivino Aquiles, en comparación con el mortal Héctor, manifiesta que ya los antiguos griegos, siempre sabios, tenían consciencia de que existen seres que se caracterizan por marchar siempre en el límite de cualquier consideración moral. Apolo, y Dionisos, por ejemplo, fueron polarizados excesivamente por Nietzsche, y un estudioso como el filósofo italiano Giorgio Colli, ha ponderado que en el fondo son divinidades ambivalentes, que lo mismo pueden hacer una gran acción por los hombres que jugar con ellos a través de crípticos enigmas en los que se juegan la existencia entera.
En lo que sigue desarrollaremos un comentario reflexivo con respecto a algunos aforismos del gran filósofo francés de origen rumano, E.M. Cioran: 
1.- En la obra del suizo HR Giger se puede vivenciar una circunstancia de hiperrealidad que en ciertos momentos visionarios Jean Baudrillard anticipó aciaga y lucidamente. Poco a poco, las sociedades se han vuelto tan complejas, que el sujeto se ha difuminado ante el objeto, o más bien, han entrado en alternativas maneras de relacionarse con las cosas: antes el objeto era el medio por el cual el sujeto realizaba toda suerte de deseos, fantasías o anhelos; hoy es todo lo contrario, el 




