Uno de los posibilitadores del pensamiento hermenéutico contemporáneo lo tenemos en Friedrich Schleiermacher, un notable pensador alemán que se constituye como un referente imprescindible del primer romanticismo. Para Schleiermacher, es capital la toma de conciencia de que, el conocimiento de la realidad y lo que la trasciende, se encuentra estrechamente vinculado a la intuición o el sentimiento del infinito. En la intuición se lleva a cabo una conexión inmediata con lo profundo del ser, es decir, con la inmensidad de su esencia inasible.
Además, de acuerdo a esta ponderación de la experiencia individual acerca de lo real, toda teoría o dogma del saber pierden toda relevancia excesiva y se constituyen como meras referencias solo parciales de una vivencia integral de la realidad. Sin embargo, los dogmas religiosos, pueden servirnos como indicadores o señales, para acercarnos a una experiencia religiosa sincera y transparente, que sin embargo, solo podrá tener sentido y experimentarse a plenitud, de acuerdo a su circunstancia e historicidad particular.
De esta misma manera, la atención a la singularidad ocupa el centro de la ética de Schleiermacher: no se debe actuar de cierta manera por obra de un abstracto e ideal valor, sino que, más bien, en la medida en que cada persona encarna a una perspectiva del infinito del ser, todas ellas ostentan un específico valor, y deben tomarse en cuenta: por tanto, se pueden construir acuerdos de convivencia, y puentes de relación, fundamentados en la racionalidad y el respeto de las distintas culturas, y sus maneras particulares de existir.
Así como Gadamer posteriormente ponderaría, para Schleiermacher la realidad es como un libro a interpretar, un texto borgesco: infinito y siempre diferente; puesto que cada viviente puede hallar, en la experiencia de su lectura, de su perspectiva, una ilimitada capacidad para ser en todo ser. Para Schleiermacher, la vida autentica está en la intuición de vida de todas las personas; en una armonía que hace estremecer al cosmos entero: lo hace latir.
Relacionemos algunos fragmentos del filósofo presocrático Heráclito, con el cine del realizador norteamericano David Lynch:
Para el enorme filósofo alemán Hans Georg Gadamer, su trabajo intelectual tuvo como eje básico el contemplar al lenguaje como un núcleo en el que se religan la subjetividad y el mundo objetivo, o más bien, el no lugar, en donde se reintegran a su (di)fusión primordial.
El atractivo de la transgresión siempre se ha hecho patente en todas las creaciones culturales de la humanidad. El contraste entre figuras como la del semidivino Aquiles, en comparación con el mortal Héctor, manifiesta que ya los antiguos griegos, siempre sabios, tenían consciencia de que existen seres que se caracterizan por marchar siempre en el límite de cualquier consideración moral. Apolo, y Dionisos, por ejemplo, fueron polarizados excesivamente por Nietzsche, y un estudioso como el filósofo italiano Giorgio Colli, ha ponderado que en el fondo son divinidades ambivalentes, que lo mismo pueden hacer una gran acción por los hombres que jugar con ellos a través de crípticos enigmas en los que se juegan la existencia entera.
En lo que sigue desarrollaremos un comentario reflexivo con respecto a algunos aforismos del gran filósofo francés de origen rumano, E.M. Cioran: 


Siempre ha sido una de mis películas favoritas, aunque había algo que me escabamaba en ella. Sus diálogos me parecían confusos, y no entendía algunas escenas o cómo se llegaba a según qué situaciones. Pensaba que quizá contribuía el hecho de que siempre la he visto en castellano, con los problemas de traducción que genera; pero la causa de estas inconexiones es que, como en tantos casos, hay que acudir a la fuente original que en este caso es la novela de James Leo Herlihy en la que está basada el libro. Aunque los sospechaba, no fue hasta hace un par de semanas que descubrí que existía tal novela. Un ejemplar por 50 céntimos me estaba esperando en una estantería del rastro.




