Aunque generalmente el baloncesto se considera una invención del canadiense James Naismith, acaecido en las postrimerías del siglo XIX; lo cierto es que su planteamiento primordial se ubica en ciertos estratos de la conciencia colectiva que podrían remontarse a la más remota antigüedad.
Nosotros deseamos defender la postura que lo acerca más, en su intencionalidad señera, a la tradición del juego de pelota mesoamericano. Este deporte, en el ámbito de las grandes civilizaciones prehispánicas, como la tolteca, la nahua, o la maya, tenía hondas connotaciones religiosas, políticas y sociales que potencializaban su popularidad y su trascendencia entre los participantes de estas admirables culturas.
En una cancha de más de cien metros de longitud, varios jugadores protegidos con petos, corazas, coderas, rodilleras y penachos trataban de hacer pasar una sólida (en serio) pelota de caucho a través de unos aros de piedra suspendidos en lo alto de muros monumentales.
Se trataba de un ritual muy importante para los mesoamericanos, ya que en las partidas se rememoraba los orígenes del universo, evocando en cada jugada mitos tan relevantes como el nacimiento del maíz o la aparición de los cuerpos celestes.
Uno de los mitos que más se recordaban en el juego de pelota, dentro de la tradición maya, era el de las hazañas de los Dioses Gemelos Hunahpú e Ixbalanqué- una suerte de Castor y Polux de México y Guatemala- que por medio de su astucia y valentía guerrera combatíeron a los seres del inframundo.
De acuerdo a leyendas recogidas en documentos como el gran Popol Vuh, un tesoro de tradiciones de los Quiche centroamericanos, los Dioses Gemelos fueron gestados en las misteriosas cavernas de Xibalbá, cuando el divino Hun-Hunahpú se unió a la preciosa doncella Ixquic. Al quedar en cinta la joven fue protegida por Ixmukané, una diosa que cuidaba de los hijos mayores de Hun-Hunahpú, quien, por su parte escapaba de los altivos Señores de Xibalbá.
Tras dar muestras de su poderío al deshacerse de sus hermanos mayores, que los incordiaban, Hunahpú e Ixbalanqué retaron en el juego de pelota a los temperamentales Señores de Xibalbá. Como consecuencia del juego, los Dioses Gemelos visitaron el Inframundo, para afrontar diferentes peligros y lograr numerosas hazañas. Finalmente, al salir airosos de todas ellas, los Dioses Gemelos fueron bien recompensados: Ixbalanqué fue transformado en la Luna, y Hunahpú en el brillante Sol.
Así entonces, el entusiasmo que despierta el baloncesto de nuestros días entre millones de aficionados, se puede entender mejor si lo visualizamos como una celebración jubilosa a la persistencia de las fuerzas vitales que nos motivan, y la chispa de ingenio y sagacidad divina que nos sonríe en cada parte del universo.
Odiseo nunca regreso a Ítaca. Por lo menos no a la misma de la que partió. Sin embargo, supo hacer de cada escala una nueva morada. En cambio Penélope, sin salir jamás de su isla llegó más lejos, y estuvo presente en sitios innumerables: escenarios varios para un mismo reencuentro, construidos de pura añoranza.
Es posible que ser humano implique ciertos límites. Pero de igual manera, el tratar de superarlos corresponde a su singular naturaleza. Así pues, lo trascendente esta allí, pero nada más; por su parte el hombre, al tratar de alcanzarlo, permanece en total dinamismo: vive a plenitud. Por lo tanto, el hombre frente a lo divino siempre obtiene un sutil triunfo, efímero pero cierto, en su tentativa existencial. Veamos el caso de Héctor, por ejemplo.
Más que una muestra de manierismo libre y jubiloso, la Grotta Grande de Bernardo Buontalenti, que se localiza en los Jardines de Boboli, en Florencia; en lugar de cumplir su cometido de obra trasgresora, como en su momento seguramente lo consiguió, con el paso del tiempo y la carga de lecturas que va suscitando, nos retorna una sabiduría primordial, en donde el espacio cavernoso y profundo, denso y fértil nos conduce de nuevo a la vivencia del vientre materno, en donde todo era en potencia, la materia misma de nuestro ser.
Cada hombre tiene la posibilidad de perderse en su 


