Viajar al lugar en donde las cosas y los sonidos que las aluden aún no están vinculadas. Retirar del mundo el velo de la necesidad y de la lógica, de la materialidad y de un sujeto implicante de ella. Trasladarse al centro vacío de toda obra artística, desde donde el sentido toma su crisol y las manifestaciones que puede adoptar en su interpretación, se manifiestan potenciales y libres de todo cauce.
Esa oportunidad nos la brinda un clásico de música electrónica experimental: la obra “Beaubourg” del famoso compositor griego Vangelis. Se trata de una densa grabación de treinta y ocho minutos que apareciera en el año de 1978, y que fuera motivada por la imagen que despertó en la inspiración de Vangelis, La Place Beaubourg , una calle parisina en donde se ubica el célebre Centro Pompidou, del Museo Nacional de Arte Moderno.
Beaubourg es un sendero hacia los ínferos del ser, una secuencia de sonidos de ambientes oscuros e ilógicos. Vangelis se torna en un nuevo Virgilio, que nos acompaña hasta el centro mismo de un infernal laberinto sonoro, en donde los demonios vociferan por medio de una serie de clamores de sintetizador, y las almas de los condenados marchan en ciertas series de ritmos breves que se repiten para dar una pauta de esperanza en poder salir alguna vez de ese espacio, que podría haber sido creado por Jerome Bosch o Roberto Matta, al imaginarse una pesadilla eterna, e intentar expresarla sin imágenes.
Descartes pensó alguna vez en la posibilidad de que un genio maligno hubiera creado el universo entero solo con el afán de poner a prueba nuestro entendimiento, y así sembrar la duda acerca de si el mundo, más allá de las apariencias, pudiera ser algo totalmente diferente- y nosotros pudiéramos pensar- incluso inexpresable.
Vangelis tal vez lo que logró en Beaubourg, fuera capturar los sonidos de esa realidad profunda de Descartes, esa dimensión de inmediatez que trasciende el mundo como representación, y que desborda toda vía para comprenderlo racionalmente. Beaubourg es un umbral de misticismo bizarro y trasgresor, que quien lo experimenta ya no puede escuchar las voces que configuran el ser, de la misma manera. A veces el silencio desea expresar sus enigmas, y en Beaubourg, Vangelis supo como ser el portavoz de su mensaje de intempestiva otredad.
Beaubourg transforma a la música electrónica en una vía de especulación metafísica: son los sonidos del trasmundo, que nos dicen, que nos llaman.
Gabriel Marcel, el escritor y filósofo francés, parte de una distinción precisa para ingresar en los profundos ámbitos de su reflexión. De acuerdo a este autor, hay una diferencia capital entre problema y misterio. El primero es una interrogante que se presenta delante de un sujeto, desde una perspectiva meramente fáctica, y por lo consiguiente tiene la posibilidad de ser resuelta sin que el sujeto tenga que ver en ello. Los humanos, ante ciertos acontecimientos, no son más que impotentes contempladores, y solo pueden atestiguar el modo en el que los eventos se ven alterados por influencias ajenas. Incluso, es posible que el verdadero cometido de la vida sea solamente prestar atención del fenecimiento del mundo, y no, hacer lo posible por demorar el indefectible paso de la muerte sin final.
El atractivo de la transgresión siempre se ha hecho patente en todas las creaciones culturales de la humanidad. El contraste entre figuras como la del semidivino Aquiles, en comparación con el mortal Héctor, manifiesta que ya los antiguos griegos, siempre sabios, tenían consciencia de que existen seres que se caracterizan por marchar siempre en el límite de cualquier consideración moral. Apolo, y Dionisos, por ejemplo, fueron polarizados excesivamente por Nietzsche, y un estudioso como el filósofo italiano Giorgio Colli, ha ponderado que en el fondo son divinidades ambivalentes, que lo mismo pueden hacer una gran acción por los hombres que jugar con ellos a través de crípticos enigmas en los que se juegan la existencia entera.
En lo que sigue desarrollaremos un comentario reflexivo con respecto a algunos aforismos del gran filósofo francés de origen rumano, E.M. Cioran: 

1.- En la obra del suizo HR Giger se puede vivenciar una circunstancia de hiperrealidad que en ciertos momentos visionarios Jean Baudrillard anticipó aciaga y lucidamente. Poco a poco, las sociedades se han vuelto tan complejas, que el sujeto se ha difuminado ante el objeto, o más bien, han entrado en alternativas maneras de relacionarse con las cosas: antes el objeto era el medio por el cual el sujeto realizaba toda suerte de deseos, fantasías o anhelos; hoy es todo lo contrario, el
“Habitable” es una exposición, formada por una serie de obras de diferentes características, que conforman un 





