Las capillas de los franciscanos en Tepozotlán, en la riqueza de su barroquismo, manifiestan la contradicción metafísica de lo humano: esa elocuente saturación de ausencia, hermanada con una patente atmósfera de teofanía, piadoso silencio de la materia.
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Las imaginerías religiosas para representar los espacios celestiales en los espacios sacros de Tepozotlán, rebosan de erupciones vegetales áureas; como si los reinos excluidos por la vehemencia impositiva animal, se hermanarán para expresar la voz de la divinidad. De tal modo que la planta mecida por el viento, y el soliloquio de brillos de la plata al ocaso, en su muda expresión, real-mente expresan. Solo nos resta apre(h)ender y escuchar (el silencio).
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Tepoztlán: puño montañoso buscando alcanzar el Cielo; Tepozotlán: descenso ofrendado de lo divino al tacto inspirado de lo humano.
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En Delfos la sibila dejaba escapar la voz oracular del dios, que se hacía presente por medio de enigmas. En el afán de hallar un sentido a su críptico mensaje, se gestó la actual racionalidad del hombre. En ciertos espacios del ExConvento de San Francisco Javier, se puede percibir tal complejidad estética, que esta ventana de otredad parece volver a abrirse: pero aquí la razón debe volver sus pasos hacia sus místicos orígenes, fascinada por la trascendencia de su propia anamnesis.
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Tepozotlán: luego de conquistar espiritualmente un imperio entero, aventurarse a colonizar estéticamente el Cielo mismo, con tan humanas creaciones.
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Tal pareciera que la arquitectura de la Iglesia de San Francisco Javier se afanara por alcanzar la otredad de cualquier manera posible: sus alturas se tienden hacia los dominios celestiales, etéreos e inefables; tanto como la profundidad y abigarramiento de sus capillas evoca una mundana, y comprensible, carnalidad.
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Posiblemente, la fachada de la Iglesia de San Francisco Javier, en su barroquismo extremo, no nos diga nada, porque nos manifiesta Todo.
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La combinación de artes de los espacios sagrados de Tepozotlán acrisolan una sola sabiduría, de sacralidad religante y abierta a todos. (Y pensar que Grecia estuvo tan cerca de la Gracia)
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Se cuenta que la Casa de Loreto del ExConvento franciscano en Tepozotlán es una fiel reproducción de la morada de la Virgen María en la ciudad de Éfeso. Por la unidad admirable de su composición, se entiende como un Oscuro alumbró al mundo entero precisamente desde esa misma antigua ciudad: el logos, voz de divinidad que expresa todos los mundos posibles, desde la singularidad humana.
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La geometría de la Capilla doméstica de San Francisco Javier, estructurante y ornamentadora, es como una referencia de la ruta de los pitagóricos en su camino ascendente hacia la cifra más alta de sacralidad. Las etapas hacia Dios valen más si se cuentan.
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En Tepozotlán los mexicas sacrificaron vidas para perpetuar la existencia del Universo; los jesuitas por su parte, allí mismo, ofrendaron el mundo entero- en la complejidad de sus espacios sagrados- para ganar la eternidad de una misma humana alma.
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Imposible que el Relicario de San José, en Tepozotlán, fomentara en los novicios meditaciones sobre un buen morir: tanta vitalidad en policromías, tanto respiro de adornos, tanto y tan puro deseo de (g)estar.
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Los retablos elaborados por Miguel Cabrera e Higinio de Chávez para el templo de San Francisco Javier son sublimes tentativas condenadas al fracaso: imposible querer ir más allá al contemplarlos, al comprobar que el cielo es tan humanamente cercano.
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La caligrafía de luces y reflejos de los retablos de Tepozotlán es por demás expresiva: sin un solo sonido obsequia música; sin una figura central, expone el anhelo de todos los seres, y con solo perecederos materiales, supo comunicar la eternidad.
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Es difícil no identificarse con los ángeles rebeldes, si dejarse caer al mundo puede ser tan digno como elevarse al Cielo, en los retablos de Tepozotlán.
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Creer es tan fácil como crear, en Tepozotlán
Copyright © Jesús Ademir Morales Rojas. Todos los derechos reservados.
Más que una muestra de manierismo libre y jubiloso, la Grotta Grande de Bernardo Buontalenti, que se localiza en los Jardines de Boboli, en Florencia; en lugar de cumplir su cometido de obra trasgresora, como en su momento seguramente lo consiguió, con el paso del tiempo y la carga de lecturas que va suscitando, nos retorna una sabiduría primordial, en donde el espacio cavernoso y profundo, denso y fértil nos conduce de nuevo a la vivencia del vientre materno, en donde todo era en potencia, la materia misma de nuestro ser.



