El enigma interior: Don Quijote y la Cueva de Montesinos

Posted by Jesus Ademir Morales On Febrero - 26 - 2009

Los aspectos más relevantes en la existencia de un individuo no se resuelven en la consciencia, y ni siquiera, en este mundo cotidiano que habitamos. Continuamente ingresamos a espacios vivenciales que trascienden lo meramente fáctico; ciertas experiencias interiores insospechadas; ciertos estados de comprensión alterados, que se difuminan de inmediato con el desgaste de lo habitual. Y sin embargo, esos ámbitos están allí, son parte integral de nuestro interior, son el eco de la alteridad potencial que nos es inherente. El arte, los sueños, la locura, la poesía, el amor, son umbrales para acceder a ellos y transformar por completo la manera como experimentamos el mundo, nos lo tornan plural, misterioso y revelador.

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El viaje más peligroso del Quijote

Un ejemplo de la manifestación de dimensiones de otredad en nuestro acontecer común, lo podemos ver ilustrado en el célebre episodio del Quijote acerca de la cueva de Montesinos. Recordemos como Don Quijote, acompañado por Sancho y el Primo se decide a ingresar a este lugar para poner a prueba su noble valentía. Tras haber sido bajado allí, a las tinieblas profundas, por medio de una soga; luego de un par de horas, Sancho y el Primo lo suben de nueva cuenta. Pronto descubren que Don Quijote duerme. Al reaccionar, les relata como en las honduras de la cueva conoció a seres de fantasía: el gran Montesinos, Durandarte, una procesión de etéreas doncellas enlutadas, la señora Belerma, quien lleva en sus manos el corazón de su amado. Don Quijote también contempla allí a Dulcinea, el amor de su vida, quien tras mirarlo, sin decir ni una sola palabra, le da la espalda y escapa apresuradamente.

Dulcinea: el ser y la nada

Ni Sancho, ni el primo le creen nada: Don Quijote afirma que estuvo allí durante días, y asegura haber visto cosas que son solo invención del escudero. Y sin embargo, tanta fuerza tuvo para el noble hidalgo esta experiencia, que a partir de ese instante, su ánimo quijotesco irá menguando hasta desembocar en su triste desenlace: la reaparición postrera de Alonso Quijano. Es posible que el episodio de la Cueva de Montesinos haya sido una manera en que Don Quijote interpretara los avatares de su propia existencia, comprendiéndolos de una manera distinta, en donde cada uno de los elementos que allí conoció, no fueran sino manifestaciones de su propio ser: sus anhelos, sus sueños, sus frustraciones, reflejados en lo absolutamente Otro. Tal y como lo hicieron Ulises, Eneas, Dante, Joyce, Kafka o David Lynch. En su sencillez, este pasaje es la culminación de una épica personal, en donde Don Quijote fue héroe más que nunca, pues se arriesgó a tocar los límites del mundo, de la racionalidad, y se asomó para saber que podía descubrirse más allá: imágenes dispersas de belleza inasible, en las doncellas enlutadas, en los palacios cristalinos; símbolos de muerte como en el puñal de Durandarte; la realidad cotidiana como una farsa grotesca en la irrupción de la economía en lo onírico, etc. Pero por encima de todo, la imagen de Dulcinea alejándose, como Beatriz ante Dante, como Eurídice ante Orfeo: hermoso símbolo de una trascendencia imposible para el caballero, para nosotros humanos, demasiado humanos, aferrados desesperadamente a los enigmáticos alcances de nuestra inmanencia.