
Mi instituto de secundaria tenía una habilidad especial para contar en su plantilla de profesores con aquellos más exigentes, la mayoría amantes de sus disciplinas y la mayoría incluso algo excéntricos. Uno de los que cumplía con creces estas características era Ignasi Boada, profesor de filosofía.
Sus métodos de enseñanza eran legendarios, así como su obsesión por la puntualidad. Cuando llegaba la hora exacta de la clase, cerraba la puerta y no dejaba absolutamente a nadie entrar. Sólo permitía a los rezagados acceder al cabo de 30 minutos exactamente, periodo tras el cual volvía a abrir la puerta. Cuentan, y seguramente es verdad, que un día todos llegaron tarde por un problema que se habían encontrado y cuando llegaron a clase vieron a través del cristal de la puerta – que por supuesto no se abrió – cómo el profesor había repartido fotocopias por las mesas y estaba dando la clase hablando para nadie. Read the rest of this entry »




