El juego de los dioses

Posted by Jesus Ademir Morales On Junio - 10 - 2009

quintana-roo-riviera-maya-xcaret-maya-ball-game-photo-by-riviera-mayaAunque generalmente el baloncesto se considera una invención del canadiense James Naismith, acaecido en las postrimerías del siglo XIX; lo cierto es que su planteamiento primordial se ubica en ciertos estratos de la conciencia colectiva que podrían remontarse a la más remota antigüedad.

Nosotros deseamos defender la postura que lo acerca más, en su intencionalidad señera, a la tradición del juego de pelota mesoamericano. Este deporte, en el ámbito de las grandes civilizaciones prehispánicas, como la tolteca, la nahua, o la maya, tenía hondas connotaciones religiosas, políticas y sociales que potencializaban su popularidad y su trascendencia entre los participantes de estas admirables culturas.

En una cancha de más de cien metros de longitud, varios jugadores protegidos con petos, corazas, coderas, rodilleras y penachos trataban de hacer pasar una sólida (en serio) pelota de caucho a través de unos aros de piedra suspendidos en lo alto de muros monumentales.

Se trataba de un ritual muy importante para los mesoamericanos, ya que en las partidas se rememoraba los orígenes del universo, evocando en cada jugada mitos tan relevantes como el nacimiento del maíz o la aparición de los cuerpos celestes.

Uno de los mitos que más se recordaban en el juego de pelota, dentro de la tradición maya, era el de las hazañas de los Dioses Gemelos Hunahpú e Ixbalanqué- una suerte de Castor y Polux de México y Guatemala- que por medio de su astucia y valentía guerrera combatíeron a los seres del inframundo.

De acuerdo a leyendas recogidas en documentos como el gran Popol Vuh, un tesoro de tradiciones de los Quiche centroamericanos, los Dioses Gemelos fueron gestados en las misteriosas cavernas de Xibalbá, cuando el divino Hun-Hunahpú se unió a la preciosa doncella Ixquic. Al quedar en cinta la joven fue protegida por Ixmukané, una diosa que cuidaba de los hijos mayores de Hun-Hunahpú, quien, por su parte escapaba de los altivos Señores de Xibalbá.

Tras dar muestras de su poderío al deshacerse de sus hermanos mayores, que los incordiaban, Hunahpú e Ixbalanqué retaron en el juego de pelota a los temperamentales Señores de Xibalbá. Como consecuencia del juego, los Dioses Gemelos visitaron el Inframundo, para afrontar diferentes peligros y lograr numerosas hazañas. Finalmente, al salir airosos de todas ellas, los Dioses Gemelos fueron bien recompensados: Ixbalanqué fue transformado en la Luna, y Hunahpú en el brillante Sol.

Así entonces, el entusiasmo que despierta el baloncesto de nuestros días entre millones de aficionados, se puede entender mejor si lo visualizamos como una celebración jubilosa a la persistencia de las fuerzas vitales que nos motivan, y la chispa de ingenio y sagacidad divina que nos sonríe en cada parte del universo.

La sabiduría de Héctor

Posted by Jesus Ademir Morales On Mayo - 27 - 2009

atletas1Es posible que ser humano implique ciertos límites. Pero de igual manera, el tratar de superarlos corresponde a su singular naturaleza. Así pues, lo trascendente esta allí, pero nada más; por su parte el hombre, al tratar de alcanzarlo, permanece en total dinamismo: vive a plenitud. Por lo tanto, el hombre frente a lo divino siempre obtiene un sutil triunfo, efímero pero cierto, en su tentativa existencial. Veamos el caso de Héctor, por ejemplo.

El ser de límites

Héctor es el contrincante más formidable de Aquileo. No por algún atributo obsequiado por el favor de las deidades olímpicas, o a través de ciertos hechizos. Sino porque Héctor es un hombre común y corriente de gran espíritu. Homero tiene un gran acierto literario cuando compara la naturaleza veleidosa del gran caudillo de los Aqueos, propio de su estirpe semidivina, con el modo de ser tan sencillo, tan comprensible de Héctor: el modo en el que se acerca a su familia: habla con su padre Príamo, consuela a Andrómaca, su esposa, y juega con su vástago, el pequeño Astianacte. Aquileo puede enfrentar a cualquier ente, a cualquier criatura del mundo, pero el hecho de tener que vérselas con un ser tan parecido y al mismo tiempo tan lejano a su particular esencia, lo sitúan en la mayor de sus confrontaciones.

El límite del ser

Y esta divergencia se hace patente cuando en el clímax de su desigual contienda, Héctor actúa de una manera que supera en mucho cualquier acción que pudiera llevar a cabo Aquileo: Héctor escapa corriendo, de su enemigo furioso. ¿Qué implica para el hijo de Peleo y Tetis, que Héctor trate de salvar su vida emprendiendo la carrera a través del campo de batalla? Más allá de considerar esta determinación como un acto de cobardía, Aquileo tal vez percibió como la afrenta más grande el hecho de que Héctor, un hombre, un mortal sin más, demostrara cuanto puede hacer quien valora como ningún ser, como ningún dios, su propia existencia. Correr implica un estado en el que se experimenta a fondo el dinamismo de vivir: los músculos se tensan, la sangre se agita, se oxigenan los pulmones, el sudor se esparce. Aquileo, condenado a la gloria y a la inmortalidad, nunca podrá ser capaz de tener una experiencia de humanidad tan grande. Es por eso que su figura resulta tan trágica, y tan admirable: su posterior actitud piadosa ante Príamo, al cederle el cadáver de su vencido-pero en el fondo, en el corazón, vencedor- adversario, Héctor, es una confesión no explícita, un homenaje a la condición de quien que es capaz de llegar al límite mismo del ser, pero de igual manera, de tener el deseo de regresar (corriendo) al mundo, a vivir para contarlo.